Sociedad de consumo/Carlo A. Caranci

El mito del ¨mundo nuevo¨, como los mitos pasados, es una realidad para muchos de los habitantes de los países capitalistas, para la sociedad estadounidense y la europea, ansiosas de descubrirle un sentido al crecimiento económico galopante, al consumo sin fondo, al vacío psíquico y moral, a la soledad y a la alienación inconsciente. Se les ha dicho que viven en un mundo distinto, libre de los males de antaño, en el que triunfan la ciencia, la comprensión y la cultura mundiales; donde el hombre puede consumir lo que quiera y cuando quiera, donde la libertad se va extendiendo paulatinamente.

Pero, ¿es cierto que se vive en un mundo distinto y mejor que el de hace unas décadas? Creemos francamente que no, y tememos que, por el contrario, vivimos en una época muy antigua; es decir, las cosas no han cambiado tanto como se supone; ni si quiera son lo que parecen. Una ¨inflación¨ mental ha hecho ver una nueva ¨Edad de oro¨, donde solo existe una ¨Época del plástico¨.

En efecto, es falso llamar a nuestra época ¨era del entendimiento¨, solo porque desde hace treinta años no hemos padecido ninguna guerra mundial, cuando entre 1945 y hoy han estallado infinidad de conflictos localizados más o menos graves, y atizados en conjunto por el imperialismo…fuera del mundo occidental.

¿Quién puede disfrutar del ocio? Solo decenas de millones de trabajadores, sobre tres mil setecientos millones de habitantes del planeta. Y aun así, este ocio que tan duramente se ha conquistado corre el riesgo de servir únicamente para crear una masa de autómatas estupidizados por la ociosidad, por el no saber qué hacer, embrutecidos por una prensa y una televisión ¨para oligofrénicos¨, como decía Marcuse, y abocada a transformarse en proyecciones sobre la realidad de la terrible sociedad imaginada (¿imaginada?) por Bradbury en Fahrenheit 451.

¿Y el consumo? Vivimos también en la ¨Sociedad del Consumo¨, se dice, pero, aparte de la consideración de si éste es positivo o si es un factor más de alienación para los más y de enriquecimiento para los menos, cabría preguntarse cuántas ¨sociedades del consumo¨ existen en el Tercer Mundo, donde falta no sólo el dinero para comprar, sino a menudo, los mismos géneros, incluidos los alimenticios. ¿Progresamos porque conducimos un coche a 180 kilómetros por hora, con riesgo de nuestra vida y de los demás? ¿O porque podemos sentarnos beatíficamente ante un televisor para que los anuncios nos laven el cerebro o la propaganda nos aburra?

Congo es el mayor productor mundial de cobalto, imprescindible para la fabricación de las baterías de los coches.
Instalaciones de procesamiento de cobalto en Katanga, Congo, la extracción de cobalto está controlada fundamentalmente por empresas suizas y chinas
Los beneficios del mineral no se quedan en el país…

Si toda la Humanidad conociese el desarrollo, el que fuese, podría comenzar a pensarse en su ¨calidad¨. Podría surgir así, quizás, aunque a escala mundial, lo que Wallas, Kennedy y Johnson pensaron para Estados Unidos: La Gran Sociedad, sin embargo, tal visión es tan optimista para Estados Unidos como para el mundo, camuflando tan sólo su naturaleza demagógica, útil para acallar a los descontentos de los países capitalistas, adormecer a los críticos de dentro y de fuera, complacer a lo que se ha convenido en llamar ¨mayoría silenciosa¨, esa mayoría obediente y disciplinada, reaccionaria y suficientemente acomodada, provista de una (por decir algo) cultura estandarizada e inútil, que forma la masa de los consumidores, incapacitada para dar una opinión seria porque ha sido preparada deliberadamente para que no la tenga, ese amplísimo sector de las sociedades capitalistas ¿sería el modelo a imitar por todas la sociedades no desarrolladas del Tercer Mundo, e incluso por el mundo socialista? Si esto es así, acabar con la civilización, con las culturas, será cuestión de pocas generaciones.

En efecto, la ¨sociedad de consumo¨ y del ocio se está revelando como incapaz de remediar las necesidades de la humanidad actual. En el terreno de la escasez puede decirse que jamás hubo tanta gente pobre sobre la tierra que pasara hambre. El mito del ¨mundo nuevo¨ se revela así vacío de contenido…un mito genuino, tan sólo una frase digna de figurar en un bote de detergente o en el último accesorio ¨para su coche¨.

Las sociedades del Tercer Mundo, los extraeuropeos, continúan en su papel de apéndices, de reservas semi-inagotables precisamente de esa humanidad del ocio y del consumo. Dado este papel de apéndice parasitado, el Tercer Mundo no está en condiciones de influir en la vida internacional, y mucho menos de imponer una línea económica equitativa. Las oportunidades de zafarse del anillo de la explotación se presentan ahora con mucha menos frecuencia que en los años 50 o en los primeros 60. Salvo contadas excepciones, cualquier intento anti imperialista o anti neocolonialista choca contra la más perfecta máquina de represión de la historia. El Tercer Mundo no puede esperar, no puede admitir medias tintas ni compromisos -como no los admitió Europa cuando trató de apropiarse de los recursos extraeuropeos- . Le urge todo aquello que le permita salir del callejón sin salida donde ha entrado contra su voluntad.

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