Julius Nyerere: Intercambio desigual, neocolonialismo y socialismo tradicional

Una familia campesina en Tanzania, si el clima es favorable, puede con un esfuerzo combinado, mediante la agricultura, ganar solo un poco más de lo que necesita para la subsistencia, y necesitaría años de ahorro para comprar una bicicleta, por el contrario, un estudiante que abandona el instituto en Estados Unidos, puede trabajar en el almacén de una empresa de distribución de sisal (planta cuya fibra se usa para la fabricación de cuerdas, bolsos, alfombras) producido por campesinos tanzanos, y recibir un ingreso suficiente para poder comprarse un coche.

El ingreso nacional per cápita de Tanzania es ahora de 140 dólares; el de los estados unidos es de 7.100 dólares, un tanzano necesitaría más de 50 años para conseguir lo que un estadounidense medio gana en un año.

Nuestro consumo per cápita de azúcar en Tanzania es menos de un cuarto del de Estados Unidos. La desnutrición sigue siendo generalizada.

Hay una automática transferencia de riqueza de los países pobres donde se necesita para proporcionar las necesidades básicas de la vida a los países ricos, donde se gasta en crear y satisfacer nuevas necesidades.

La filosofía dominante del intercambio internacional que conocimos en la independencia-y que aún prevalece- es la del “mercado libre.” En teoría, esto significa competencia sin restricciones y negociación entre iguales, siendo los precios el resultado de las acciones combinadas y deseos de vendedores y compradores. En la práctica, el intercambio internacional no funciona de una manera tan libre. Lamentablemente la teoría tiene poco que ver con los hechos. La igualdad entre naciones del mundo moderno es sólo una igualdad legal no es una realidad económica. Tanzania y América no son iguales. Un hombre que necesita vender su fuerza de trabajo para poder comprar pan y el hombre que controla tanto su empleo como el precio del pan no son iguales, su relación es de dependencia y dominio.

Además, no es cierto que los precios estén determinados por las operaciones de un mercado libre. El precio de los productos manufacturados es fijado por los productores y si entra alguna competencia es entre firmas gigantes como Ford, General Motors, y Volkswagen. Ciertamente no sirve de nada que Tanzanian Motor Corporation trate de discutir con cualquiera de estas empresas sobre sus precios, si no está dispuesto a pagar lo que piden, los vehículos esperarán en stock y Tanzania continuará sin transporte. Por el contrario, el precio de los productos primarios es fijado por los compradores. Los productores ponen en el mercado todo lo que tienen; los bienes son a menudo perecederos y la falta de facilidades para el almacenamiento debilita su posición de negociación, un pequeño número de compradores luego deciden cuánto van a comprar y a qué precio. Solo si un desastre natural ha producido una oferta anual inusualmente baja empujará el precio hacia arriba.

Los países de producción primaria necesitan importar productos manufacturados, por lo tanto son receptores de precios no creadores de precios, tanto como vendedores como compradores. Vendemos barato y compramos caro, nos guste o no. Esta es la posición de la mayoría de los países del tercer mundo, con la reciente excepción de los productores de petróleo que ahora fijan el precio del petróleo que venden.

Para romper con este intercambio internacional tramposo, y al mismo tiempo beneficiarse del efecto multiplicador de la actividad económica expandida, los países pobres deben esforzarse por construir su sector industrial, para convertirse en creadores de precios. Naturalmente, comenzamos con el procesamiento de nuestros propios productos primarios, parece lógico exportar telas más bien que el algodón, y la cuerda o cordel que el sisal. Simples procesos de fabricación, pueden proporcionar una pequeña plataforma para una mayor industrialización. Pero habiendo establecido estas fábricas con un enorme gasto, descubrimos que los productos manufacturados no son tan fáciles de exportar como los productos crudos. Ellos se encuentran con barreras arancelarias, regulaciones de cuotas y otros dispositivos destinados a mantenerlos fuera de los mercados de los países ricos. ¡El “mercado libre” se vuelve menos libre!

Se escudan en que estos bienes son productos de ¨mano de obra barata¨, aunque los empleados en tales fábricas tienen mayores ingresos que los trabajadores que producen las materias primas.

El presidente del Banco Mundial ha estimado que las naciones subdesarrolladas podrían obtener  33 mil millones extra por la venta de productos para el mundo desarrollado si se levantaran las barreras comerciales existentes. Incluso admitiendo la posible inexactitud de tales cifras, parece que esas acciones podrían permitirnos reducir nuestra mendicidad hasta cierto punto!

No hay un mecanismo internacional organizado diseñado para corregir o incluso mejorar el funcionamiento del ¨libre mercado¨. Por el contrario, tales instituciones y sus prácticas existen para dar más impulso al crecimiento de las desigualdades entre las naciones, y al mal uso de los recursos del mundo para mantener un alto nivel de vida para unos pocos, en lugar de su uso para cubrir las necesidades básicas de las masas.

El sistema financiero internacional está regulado por el I.M.F. [Fondo Monetario Internacional] y el Banco Mundial, ayudado u obstaculizado por acciones unilaterales de grandes potencias como Estados Unidos, E.E.C. [Comunidad Económica Europea], Japón, y algunas otras naciones desarrolladas. Dado que el poder de voto en los órganos de gobierno del Fondo Monetario y del Banco Mundial está determinado por la proporción del capital contribuido por cada nación, los resultados son quizás inevitables. Cuanto más rico seas y mayor sea tu intercambio comercial en el mundo mayor será el apoyo que recibirás en tiempos de crisis en la asignación de crédito internacional. El bajo poder adquisitivo internacional de las naciones pobres es un factor para mantenerlas encerradas en su pobreza. El crédito internacional ha sido utilizado fundamentalmente para promover el comercio entre los países ricos. Es muy difícil para las naciones del Tercer Mundo obtener por medios ortodoxos el cambio de divisas necesario para el desarrollo.

El Fondo Monetario Internacional se ha convertido en el sustituto del imperio colonial, ahora es un instrumento para un imperio económico.

Estuve en Washington el año pasado en el Banco Mundial, la primera pregunta que me hicieron fue “¿cómo fracasaste?” respondí que los británicos nos gobernaron durante 43 años y cuando se fueron, había 2 ingenieros capacitados, 12 médicos y el 85% de la población adulta analfabeta, ese es el país que heredamos.

Cuando yo dejé la presidencia de Tanzania habíamos alfabetizado al 91% del país y casi todos los niños estaban en la escuela. Capacitamos a miles de ingenieros, doctores y maestros.

En 1988, el ingreso per cápita de Tanzania era de 280 dólares, ahora, en 1998, es de 140 dólares. Entonces le pregunté a la gente del Banco Mundial qué les salió mal, porque durante los últimos diez años, Tanzania ha estado haciendo todo lo que el FMI y el Banco Mundial querían. La matriculación escolar se ha desplomado al 63% y las condiciones en salud y otros servicios sociales se han deteriorado. Les pregunté de nuevo: ‘¿qué salió mal?’ Estas personas simplemente se sentaron allí mirándome. Luego preguntaron qué podían hacer. Les dije que tuvieran algo de humildad, son tan arrogantes…

Parece que la independencia de las antiguas colonias se ha adaptado a los intereses del mundo industrial para obtener mayores ganancias a menor costo. La independencia hizo más barato para ellos explotarnos. Nos convertimos en neocolonias.

Como los trabajadores de los países industrializados, lo que las naciones pobres necesitan es el derecho al trabajo, y a una justa retribución por ello, queremos equidad no caridad.

Solíamos vender nuestro café en Londres a 3.000 dólares por tonelada, ahora obtenemos 600, ¿Cómo luchas contra eso?

Los defensores del capitalismo alegan que la riqueza del millonario es la justa remuneración de su talento o su actividad. Pero ese alegato no tiene el apoyo de los hechos. La riqueza del millonario no depende de la actividad o los talentos del millonario mismo más de lo que el poder de un monarca feudal depende de sus propios esfuerzos, iniciativa o cerebro. Los dos son usuarios, explotadores, de las capacidades y la actividad de otros individuos. Aun cuando haya un millonario excepcionalmente inteligente y trabajador, la diferencia entre su inteligencia, su iniciativa y su laboriosidad y las de otros individuos de la sociedad posiblemente no pueda ser proporcional a la diferencia entre sus “remuneraciones”. Tiene que haber algo que va mal en una sociedad en la que un individuo, por trabajador o inteligente que sea, pueda adquirir una “remuneración” tan grande como la de mil de sus prójimos juntos.

En una sociedad adquisitiva la riqueza tiende a corromper a los que la poseen, tiende a producir en ellos el deseo de vivir más confortablemente que sus prójimos, de vestir mejor y de aventajarlos de todas las maneras. Empiezan a creer que deben trepar cuanto puedan por encima de sus vecinos. El contraste visible entre sus comodidades y las incomodidades relativas del resto de la sociedad llega a ser casi esencial para el goce de su riqueza, y esto inicia la espiral de la competencia entre individuos, que entonces es antisocial.

Aparte de los efectos antisociales de la acumulación de riqueza personal, el deseo mismo de acumularla debe interpretarse como un voto de desconfianza al sistema social. Porque cuando una sociedad está organizada de manera que cuida de sus individuos, nadie de aquella sociedad se preocupará de lo que será de él mañana si no acumula riqueza hoy. La sociedad misma cuidará de él, o de su viuda, o de sus huérfanos. Esto es exactamente lo que la sociedad africana tradicional hacía con éxito. Nosotros, en África, no necesitamos que se nos «convierta» al socialismo como no necesitamos que se nos «enseñe» democracia, ambas están arraigadas en nuestro pasado, en la sociedad tradicional que nos produjo.

Los sociólogos descubrirían que se debe a que la organización de la sociedad africana tradicional -su distribución de la riqueza que produce- es de tal naturaleza, que difícilmente hay espacio alguno para el parasitismo. También pueden ver, naturalmente, que a consecuencia de eso África no podía producir una clase ociosa de terratenientes. En la sociedad africana tradicional, el capitalista o el explotador hacendado, eran desconocidos, la holganza era una ignominia incomprensible. Aquellos de los nuestros que hablan del modo africano de vida y se enorgullecen, con toda razón, de conservar la tradición de hospitalidad que es parte tan importante de ella, quizás harían bien en recordar el dicho swahili: Mgeni siku mbili; siku ya tatu mpe jembe, o en español: “Trata a tu huésped durante dos días; al tercer día dale una azada”. De hecho, es probable que el huésped pidiera la azada aun antes de que se la diese su anfitrión, pues sabía lo que se esperaba de él y se avergonzaría de permanecer ocioso durante más tiempo. Así, el trabajo era parte integrante, en realidad era la base misma y la justificación, de ese logro socialista del que tan justamente nos sentimos orgullosos.

El socialismo es esencialmente distributivo. Su incumbencia es procurar que quienes siembran recojan una parte justa de lo que siembran.

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